
Octoyax
Batería · Hijo del Rey de Atlantis · El Desterrado
Pulpo
Octoyax es un pulpo humanoide criado en el palacio de Atlantis, un reino donde el orden no era una aspiración sino una arquitectura: cada persona en su lugar, cada emoción contenida, cada diferencia suavizada hasta desaparecer. La piel de sus tentáculos captaba vibraciones antes de que su mente pudiera filtrarlas: la tensión de un guardia, el vacío de un sirviente, el peso específico del silencio de su padre llegaban a él como frecuencias que nadie más parecía recibir. Durante años respondió haciendo lo único que podía: apagarse. Fue así como nació su primera herida, la herida del rechazo: la certeza de que ser exactamente como era resultaba inaceptable para el mundo que lo había visto nacer.
Lo único que no pudo suprimir fue el sonido. No las emociones: los patrones. El zumbido de los generadores, el ritmo involuntario de los pasos en los corredores, la acústica particular de una sala de piedra. En secreto empezó a responderles: golpeaba superficies, seguía frecuencias, construía secuencias que no tenían nombre. Era lo único que hacía sin apagarse primero. Eso lo delató. Un guardia lo encontró en una sala vacía y lo que vio fue suficiente. La sentencia fue destierro: borrado del linaje, expulsado de madrugada por la salida de servicio, como si la solución más limpia fuera hacer que dejara de pertenecer a cualquier lugar. Ahí se abrió la herida de la traición: la de un padre que eligió el orden sobre su hijo.
La noche de su expulsión, Octoyax robó un transbordador espacial y lo lanzó hacia arriba sin un destino claro, cargando la herida del abandono. El transbordador, de manufactura dudosa, empezó a fallar, y fue el universo mismo quien decidió dónde aterrizaría: Umbra, un asteroide errante que vagaba por el cosmos sin pertenecer a ningún sistema, igual que él. Ahí, enclavada en la roca viva, existía la estación de Merrat, un bar clandestino donde la música no estaba prohibida porque Umbra no pertenecía a ningún régimen.
En los márgenes de Umbra descubrió que los patrones seguían ahí, más caóticos pero enteros. La gente empezó a llamarlo el Pulpo: no porque lo conocieran, sino porque su presencia se expandía, llegaba por varios lados al mismo tiempo. Cargando la herida de la injusticia, la de haber nacido con una capacidad extraordinaria de sentir y haber sido castigado por ello, encontró en Merrat a un viajero que le habló de las semillas estelares: un grupo que no apagaba las diferencias sino que las convertía en música. Octoyax no lo dudó. Había robado un transbordador para escapar de un palacio. Podía hacer cualquier cosa para encontrar un hogar.
Heridas
Filosofía Japonesa
OUBAITORI
No compararse con los demás, entendiendo que cada persona florece a su propio ritmo y de su propia manera.