
Yantauron
Bajo · Semilla de la Libertad Inquebrantable
Toro
Yantauron nació en las entrañas del mundo que el régimen prefería no ver. Su familia era esclava de las minas, cuerpos destinados desde el nacimiento a extraer riqueza para otros sin jamás tocarla. Creció viendo la abundancia desde el único lugar al que le estaba permitido mirar: desde abajo. Vio morir a su madre entre piedras y polvo, vio a su padre ser castigado con la misma frialdad con la que se repara una herramienta rota. Cualquier otro ser habría crecido lleno de odio, y nadie se lo hubiera reprochado. Pero Yantauron tenía algo extraño y precioso en el centro de su pecho: una ternura que la opresión nunca logró alcanzar. Desde pequeño miraba a cada quimera a su alrededor y encontraba en cada uno algo luminoso. No veía enemigos. Veía personas que el sistema había doblado pero no roto del todo, igual que a él.
Los supervisores de las minas les colocaban audífonos a los esclavos para bloquear el ruido, pero Yantauron había aprendido a hacer trampa desde adentro. Modificó los suyos sutilmente para poder sentir las vibraciones de los martilleos, del subsuelo respondiendo al trabajo de cuerpos que nunca descansaban. Y en esas vibraciones, su mente hacía algo que nadie le había enseñado: componía. Convertía cada golpe en nota, cada ritmo de excavación en melodía, construyendo en silencio una música fantástica que solo existía dentro de él, pero que lo mantenía entero cuando todo afuera intentaba fragmentarlo.
Fue una equivocación en los mapas lo que cambió todo. La excavación tomó un rumbo inesperado y los trabajadores comenzaron a acercarse peligrosamente a un subterráneo donde latía, escondido del mundo, un speakeasy. Yantauron lo sintió antes de verlo, la vibración era distinta, más cálida, más libre. Y tomó una decisión en segundos: gritó que las paredes iban a derrumbarse y ordenó a todos salir, protegiendo sin conocerlos a quienes vivían del otro lado de la piedra. Cuando el resto evacuó, él detonó la parte trasera de la mina, sepultando el acceso para siempre. El régimen lo dio por muerto. Yantauron dejó que lo creyeran.
Del otro lado encontró a Alephion, que no retrocedió ante el toro inmenso que emergía del polvo sino que simplemente le cantó. Y Yantauron, que había pasado toda su vida componiendo música en silencio, entendió de inmediato que había encontrado a alguien que hablaba su idioma. El toro que el mundo había enterrado vivo encontró ese día su verdadero hogar: no en una mina ni en una familia ni en un rango, sino en un grupo de semillas que, como él, habían sobrevivido lo imposible para poder cantar lo que otros no se atrevían ni a pensar.
Heridas
Filosofía Japonesa
GAMAN
La capacidad de soportar con paciencia y dignidad emocional las dificultades inevitables de la vida.